31 de maig 2009

El diseño que viene de Álvaro Sobrino (publicado en Nexo)


Os envio el artículo que se ha publicado hoy en Ipmark, firmado por Álvaro Sobrino, presidente del ADGfad (Asociación de Diseñadores Gráficos del Fad). Es un pelín largo pero vale la pena ver como en otros sectores cuecen habas, constatan que el mundo cambia rápidamente y se sienten desprotegidos por la administración (Xavier Vega).

EL DISEÑO QUE VIENE.

Crisis. Arranco este artículo con la palabra maldita a modo de vacuna. A ver si así soy capaz de no utilizarla después ni una sola vez. Incluso de no hablar de ella, ni siquiera recurriendo al circunloquio.

Hubo una época en que la publicidad y el diseño cambiaban los hábitos de las personas. Hábitos de consumo, de higiene, de convivencia… hoy, a duras penas, conseguimos ser los profesionales quienes nos adaptemos a esos hábitos, que evolucionan a una velocidad trepidante que nos tiene a todos con la lengua fuera.

La industria se queda atrás: le ha pasado a la discográfica, les ha pasado a los periódicos y las televisiones, puede pasarle al sector del libro… ¿se están fabricando los coches que realmente quiere la gente?, ¿seguimos deseando vehículos sofisticadísimos, con una potencia innecesaria y ostentosos, para demostrar nuestra prosperidad a los vecinos?, ¿va a seguir siendo un objetivo común ser poseedor de una vivienda pareada si para ello hay que renunciar al bienestar más elemental e hipotecar las economías familiares?

Los diseñadores estamos empezando a abrir un debate sobre nuestra actividad: intentar definir para qué sirve el diseño. Hasta ahora teníamos claro que trabajábamos para empresas que nos pagan, y que con nosotros obtienen unos mejores resultados en el mercado. ¿Y si este no fuera el objetivo? Si diseñáramos para mejorar la vida de las personas, para cumplir con su deseo de hacer este mundo más sostenible, para hacerles más felices, posiblemente el resultado seguiría siendo el mismo: nuestros clientes, los que nos pagan, seguirían vendiendo lo mismo o más.

El diseño en este país ha dependido, dentro de la estructura del Estado, de la Dirección General de Política de la Pequeña y Media Empresa –como si las instituciones y las grandes empresas no precisaran de mejor diseño–, de Economía y Hacienda, de Ciencia y Tecnología, de Industria y, en la actualidad, de Ciencia e Innovación.

Se diría que el diseño es un molesto forúnculo que en cuanto pueden se sacuden de encima. Y todo ello, siempre, con una estrategia equivocada: el diseño como herramienta de competitividad, para la exportación, el diseño como valor añadido, etc. ¡Qué no, que el diseño no es añadido, es esencial! 

¿Sabían que en nuestro país se otorgan más de cincuenta premios nacionales a profesionales de las más variopintas disciplinas –poetas, científicos, pensadores, circenses…– y sólo el de diseño carece de dotación económica? De carácter honorífico, lo llaman. Ello da una idea del interés que la actividad del diseño despierta en nuestros responsables políticos. El diseño es despreciado por quienes nos administran, que lo utilizan como recurso populista.

No hace ni dos años el Gobierno pretendió cambiar la imagen institucional del Estado mediante un concurso abierto al que cualquiera podía presentarse. Lo ganó un sujeto que presento el logotipo del gobierno alemán, cambiando el escudo. Hoy, la identidad del estado sigue sin renovarse.

Cualquier actividad es meticulosamente programada, contando con recursos para trabajar con los mejores profesionales, hasta que se llega al diseño, que se resolverá con una convocatoria indiscriminada en la que cualquier tuercebotas con un diseño copiado o un dibujo resultón ganará un concurso que se resolverá mediante votación popular en una web o por SMS. Operación triunfo en estado puro, ya sea para elegir la identidad de la candidatura olímpica o del colegio de médicos de la Rioja, por poner dos ejemplos recientes.

Durante los últimos años un esfuerzo artificial de los medios de comunicación y las empresas nos han trasladado una visión del diseño como algo superficial, tendencioso, asociado al consumo y al lujo, diseño para el privilegio. No es así.

El diseño está en la señalización que nos hace más fácil la relación con nuestro entorno, está en la accesibilidad a la información que tanto necesitamos en los tiempos que corren, está en compaginar las siempre satisfechas necesidades de la mayoría con las específicas de los colectivos minoritarios, sean éstos de discapacitados, niños, o sujetos que se hallan lejos de su entorno cultural. El diseño no ha de limitarse a dar servicio a unos pocos afortunados, sirve para acortar la diferencia entre ellos y la gran mayoría, para quienes los diseñadores sí somos realmente necesarios. Y todo esto no es incompatible con las necesidades del cliente, con la empresa, con las rentabilidades, etc.

Es el gran reto del diseño para los próximos años. Las estrategias están cambiando, los nuevos modelos de economía tienden a invertirse. Parten de las necesidades y los beneficios individuales para alcanzar los resultados. Cuanto antes nos demos cuenta los diseñadores y nuestros clientes, mejor.

Y dicho esto, sigamos enzarzados en la discusión sobre los tiempos que corren, en si es estructural o coyuntural la cosa esta que nos tiene tan preocupados.